Pensé que simplemente había contratado a una empleada doméstica común, pero un día, en su habitación, encontré una caja con una muñeca idéntica a mí, cubierta de agujas

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😨😱 Pensé que simplemente había contratado a una empleada doméstica común, pero un día, en su habitación, encontré una caja con una muñeca idéntica a mí, cubierta de agujas. Cuando comprendí quién era en realidad y con qué propósito había llegado a mi casa, estuve a punto de quitarme la vida.

Hace tres meses contraté a una empleada doméstica. Normal, como me parecía entonces. Ordenada, educada, con una experiencia impecable y una mirada tranquila.

Nos acostumbramos rápidamente la una a la otra. La casa estaba siempre en orden, la comida era deliciosa y ella resultó ser sorprendentemente atenta.

Pronto empecé a sentirme cada vez peor. Debilidad constante, náuseas, ataques extraños. Los médicos no encontraban la causa, los análisis estaban limpios. En esos días, Lisa se esforzaba aún más: me daba té, me ayudaba, casi no se apartaba de mí.

Un día noté que añadía un líquido a mi té. Dijo que era un remedio herbal que siempre ayudaba. Le creí y hasta empecé a pedirle que lo añadiera con más frecuencia.

Aquel día el dolor era insoportable. No había nadie en casa y fui a su habitación en busca de ayuda. Lisa no estaba allí, pero en el suelo había una caja.

😱😱 Me acerqué y me quedé paralizada. Dentro había una muñeca con mi rostro y agujas clavadas en el cuerpo. Detrás de mí se oyó la voz tranquila de Lisa:
— No deberías haber visto lo que aún no te correspondía ver…

Continuación en el primer comentario.👇👇

Lisa hablaba con calma, casi con ternura, como si explicara algo largamente planeado.

Dijo que yo debía haberlo sabido todo más tarde, cuando ya no pudiera ni gritar ni resistirme, y que esas palabras estaban destinadas a mi oído agonizante.

Pero como todo había salido de otra manera, decidió decir la verdad ahora. Era ella quien me había hecho todo esto durante todo ese tiempo.

La muñeca de la caja era mi imagen, y cada vez que clavaba las agujas imaginaba cuánto me dolía, cómo me iba apagando lentamente, igual que ella misma se había apagado en el pasado.

Confesó que éramos hermanas y que teníamos el mismo padre. Él me reconoció, me dio un nombre, un hogar, protección y amor, mientras que a ella la rechazó, sin siquiera querer conocerla.

Y por todas sus lágrimas, por los años de humillación y soledad, según ella, debía pagar yo. Mis dolores y mi extraña enfermedad eran, como creía, el precio para restaurar la justicia.

Las gotas que añadía al té actuaban lentamente y eran casi invisibles para los análisis, pero envenenaban el cuerpo poco a poco. Mientras hablaba, Lisa dio un paso hacia mí, y en su mirada ya no había ni cuidado ni calidez.

En ese momento se oyó un ruido detrás de la puerta. Alguien entró en la casa. Lisa se quedó inmóvil por un segundo, y yo, reuniendo mis últimas fuerzas, grité. Ese grito me salvó la vida.

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El Lindo Rincón