«¡Eh, gatita! Tengo un regalo para ti. Para que desde el primer momento sepas cuál es tu lugar… y de quién vas a ser la perrita aquí dentro». Así gritó Pitbull, la reclusa más temida de la prisión, mientras volcaba un gran cubo lleno de desperdicios sobre la cabeza de la recién llegada

Nosotros y Nuestro Mundo

«¡Eh, gatita! Tengo un regalo para ti. Para que desde el primer momento sepas cuál es tu lugar… y de quién vas a ser la perrita aquí dentro». Así gritó Pitbull, la reclusa más temida de la prisión, mientras volcaba un gran cubo lleno de desperdicios sobre la cabeza de la recién llegada. Sin embargo, apenas unos minutos después ocurrió algo que dejó a todo el patio de la cárcel sumido en un silencio sepulcral. 😵‍💫😱

—¡Eh, gatita! —retumbó una voz ronca por todo el patio, haciendo que todas las conversaciones se interrumpieran de inmediato.

Hacia la recién llegada avanzaba lentamente una mujer enorme conocida por todas con el apodo de Pitbull. Y aquel sobrenombre no era casualidad.

Se decía que, cuando Pitbull se aferraba a alguien, no lo soltaba hasta que esa persona ya no podía defenderse.

Enfrentarse a ella era casi una sentencia de muerte. Durante años, ninguna mujer de aquella colonia penitenciaria había conseguido derrotarla. Incluso los guardias evitaban provocar su ira.

A su paso, las demás reclusas se apartaban apresuradamente. Nadie quería estar cerca cuando Pitbull elegía a una nueva víctima.

Frente a ella estaba una joven rubia, delgada, de unos veintitrés años.

La recién llegada parecía desorientada. El uniforme de prisión, demasiado grande, le colgaba de los hombros; sus dedos apretaban nerviosamente la manga, y su mirada revelaba a alguien que todavía no conocía las crueles reglas de aquel lugar.

Pitbull se detuvo a pocos pasos de ella, sonrió con desprecio y dijo en voz alta:

—Aquí tienes un regalo. Para que sepas desde el principio cuál es tu lugar… y de quién vas a ser la perrita.

Con un movimiento brusco volcó el pesado recipiente.

Restos de comida podrida, agua sucia y basura cayeron sobre la joven con un repugnante chapoteo. Un líquido turbio le recorrió el rostro mientras el cabello se le pegaba inmediatamente a las mejillas.

Durante un instante, todo el patio quedó inmóvil.

Después estallaron las carcajadas.

—¡Ahora sí pareces una de las nuestras! —gritó alguien.

—No durará mucho aquí —se burló otra reclusa.

La joven se limpió lentamente el rostro.

Ni una sola lágrima. Ni una sola palabra.

Simplemente respiró hondo, se quitó con calma la ropa sucia, la dobló cuidadosamente sobre un banco de hormigón y dio un único paso hacia delante.

Unos segundos después, el silencio era tan absoluto que solo se oía cómo el viento arrastraba un trozo de papel sobre el cemento.

Todos miraban únicamente a la recién llegada.

Y nadie podía creer lo que estaba viendo… 😱

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Pitbull fue la primera en romper el silencio.

Estaba acostumbrada a doblegar a cualquiera con una sola mirada y jamás habría imaginado que su nueva víctima no sintiera miedo.

—¿De verdad crees que puedes enfrentarte a mí? —escupió entre dientes mientras se lanzaba hacia ella.

La joven no respondió.

Solo dio un ligero paso hacia un lado.

Lo que ocurrió después duró menos de tres segundos.

La mano de Pitbull apenas rozó su hombro. La recién llegada salió instantáneamente de la línea de ataque, sujetó su muñeca, giró el cuerpo y ejecutó una rápida proyección de cadera.

El fuerte golpe resonó por todo el patio.

La mujer que todos consideraban invencible cayó pesadamente sobre el cemento.

Cuando intentó levantarse, descubrió que tenía el brazo inmovilizado en una firme llave. Cada movimiento le provocaba un intenso dolor.

Solo cuando comprobó que su rival ya no representaba ningún peligro, la joven la soltó tranquilamente y dio un paso atrás.

En el patio reinaba un silencio absoluto.

—No… no puede ser… —susurró apenas una de las reclusas más veteranas.

Más tarde se supo que aquella frágil rubia había practicado karate de forma profesional durante muchos años y poseía el cinturón negro, primer dan. Le habían enseñado a no atacar jamás primero, pero, si una pelea era inevitable, debía terminarla lo más rápido posible y sin crueldad innecesaria.

Aquel día, Pitbull, que durante años había mantenido aterrorizada a toda la colonia penitenciaria, eligió por primera vez a la persona equivocada.

Fue entonces cuando todos comprendieron que, a veces, una apariencia frágil puede esconder una fuerza capaz de superar incluso la reputación más temible.

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El Lindo Rincón