Una sirvienta fue llamada para bañar al príncipe, pero en cuanto le quitó la última prenda, retrocedió horrorizada al ver lo que tenía delante. 😲😱
Isabella caminaba por el largo pasillo, intentando mantener la espalda erguida y ocultar su nerviosismo. Su sencillo vestido de lino estaba cuidadosamente lavado y planchado, mientras sus pies descalzos sentían el frío del suelo de piedra.
Todavía no entendía por qué precisamente a ella la habían llamado de repente para cuidar del príncipe.
Los sirvientes ya habían empezado a susurrar entre ellos. Todos conocían el difícil carácter del príncipe Leon: era orgulloso, autoritario y rara vez mostraba paciencia con quienes estaban por debajo de él.
Por eso, que la petición hubiera venido directamente de él hizo que Isabella se pusiera aún más nerviosa.
Cuando las enormes puertas se abrieron, la recibió la cálida luz de las velas, el olor de la cera y un ligero aroma a incienso. Al fondo de la habitación estaba sentado el propio príncipe Leon.
Su sillón, con un respaldo alto y tallado con gran detalle, parecía más un pequeño trono, mientras que su postura segura dejaba claro que era un hombre acostumbrado a dar órdenes.
Miró a la joven en silencio e hizo un breve gesto para indicarle que podía acercarse.
Isabella respiró profundamente y se aproximó. Le habían ordenado preparar su baño y ayudarlo a asearse.
Intentó no levantar la mirada y cumplió la orden con calma y cuidado, aunque la tensión en su interior aumentaba cada vez más.
Cuando la joven comenzó a quitarle al príncipe la última prenda, de repente vio algo que jamás había esperado encontrar.
Isabella se quedó paralizada.
Durante unos segundos incluso olvidó dónde estaba. Su expresión cambió y sus dedos apretaron involuntariamente la tela que sostenía entre las manos.
Un pesado silencio llenó la habitación. Isabella comprendió horrorizada que, por accidente, había descubierto un secreto que el príncipe había ocultado cuidadosamente a todos. 😲😱
La continuación y la segunda parte están en el primer comentario. 👇👇
Isabella observaba aterrorizada las antiguas cicatrices que se veían por debajo de la cintura. Hacía mucho tiempo que habían sanado, pero las numerosas marcas finas dejaban claro que, en el pasado, el príncipe había sido castigado brutalmente con un látigo. Por su aspecto, era evidente que aquellas heridas se remontaban a su infancia.
La joven sintió que un escalofrío la recorría por dentro. Quería preguntar algo, pero tenía miedo incluso de abrir la boca.
Leon notó su temor y dijo con calma:
—Ahora entiendes por qué no permito que nadie vea esto.
Isabella asintió en silencio.
—No puedo permitir que todos conozcan mi pasado —continuó el príncipe—. Si este secreto saliera a la luz, las consecuencias serían demasiado graves. Por eso, a partir de hoy, tú me ayudarás a bañarme. Y no le contarás a nadie lo que has visto.
Isabella sintió que le temblaban las manos. Comprendía perfectamente que aquello no era simplemente una orden. Si alguien descubría que había revelado el secreto del príncipe y se lo había contado a otros, el castigo podría ser terrible.
Volvió a asentir con miedo, sin pronunciar una sola palabra.
Leon se dio la vuelta, mientras Isabella bajaba lentamente la mirada. Ahora sabía del príncipe algo que nadie más debía conocer.
Y desde aquel día, su deber ya no consistía únicamente en cuidar de él.
Tenía que guardar un secreto del que dependía su propia vida.










